El 5 de diciembre del 2025 murió Adonis. Pero llegó a mi vida el 1 de julio del 2020. Tenía apenas un mes cuando mi amiga Eli y su familia me lo llevaron a mi casa. Yo tenía pocas semanas de haber vuelto a México después de mi intercambio y tenía muchísimos sueños y deseos. Adonis fue mi confidente y compañero desde ese día para que los pudiera alcanzar.
Escogí su nombre porque me parecía perfecto. Era hermoso, lindo, tierno, gracioso...
Desde que llegó a mi vida, me encargué de buscar un hogar en el que él y yo pudiéramos ser muy felices. Juntos conocimos muchas ciudades: Aguascalientes, Zacatecas, Monterrey, Puebla y Ciudad de México; leímos muchos libros y vimos muchas series y películas. Después de un largo día se recostaba conmigo a mirar algo en la televisión o a escuchar mis lecturas en voz alta, clavando su mirada en la pantalla o moviendo sus orejas hacia donde mi voz emanaba
Fue el único con la capacidad de entrar al vacío existencial y traerme de vuelta a la realidad inmediata. Se recostaba en mi pecho y ronroneaba tan fuerte, como si fuera capaz de darse cuenta del dolor interno que contenía y me atrincheraba en una cama, en un sillón.
Jamás me sentí tan amada y comprendida como cuando Adonis se acercaba a mí y buscaba entender lo que hacía. Cada vez que pienso en él, me pregunto si el amor de mi vida pudo ser Adonis. Si yo regaba mis hierbas de olor, él se recostaba a sentir la brisa y se paraba, cada tanto a olerlas. Si yo cocinaba, me acompañaba a un costado y me pedía que le diera a oler las hierbas o ingredientes que usaba. A veces con un maullido, a veces extendiendo su pata y acercando mi mano. Si yo trabajaba, él se sentaba en la silla de al lado o de enfrente a acompañarme. Si alguien extraño se acercaba a tocar la puerta, como si fuera un perro, gruñía y luego se escondía en mi cuarto. Y sólo se dejó conocer por aquellos que son mis verdaderas amistades y compañías de vida.
Yo le demostré mi amor hasta el último momento, cuando decidí que no valdría la pena insistir en que se quedara si eso lo hacía sufrir. Le sigo demostrando mi amor hoy cuando le llevo hierbas de olor y pedazos de su comida favorita frente a su urna. Cada vez que me aferro a la vida.
Si Adonis fue el amor de mi vida, eso explicaría el dolor en el pecho que sentí cuando sostuve sus cuerpecito inherte. Explicaría porque drené mi corazón entre llantos violentos y arrebatados tratando de entender cómo había enfermado y desaparecido tan rápido de mi vida. Explicaría porque mi pecho se convirtió en un hueco y, apesar de eso, yo me aferro a vivir porque es lo que él hubiera querido.